Vida Religiosa Apostólica


victoria

El Cordero está de pie, alzando el estandarte de la victoria definitiva

¿Qué pides? La misericordia de Dios y de la Iglesia, la de la Comunidad del Cordero en la Orden de Predicadores y la vuestra.

Todavía resuena en mi interior esta pregunta a la que cada hermanita responde el día de su profesión. Sólo me queda la misericordia cuando el contacto cotidiano con la Palabra de Dios, y la intensidad de la vida fraterna, iluminan las tinieblas de mi corazón, revelan mi pobreza y la herida que el pecado produce en mí y en los que me rodean. Dios ve cómo sufre el hombre desde el momento de la caída y no es indiferente a este dolor, sino que decide salir Él mismo a su encuentro. El Padre envía a su Hijo, lo ofrece como el Cordero del sacrificio que toma sobre sí el pecado del mundo, todo el mal del mundo. Esto es lo que a mí más me atrae de nuestro Dios, simplemente el Hijo Jesucristo, que sale del seno del Padre para buscar a Adán que estaba perdido. Recuerdo un primer contacto, muy niña, con el dolor humano; un pariente muy cercano cayó en una dura enfermedad, y ver su pesar me hizo correr hacia mi rincón de oración y hacer mi primera oración personal consciente: Oh, Señor, que no sufra más, dámela a mí esa enfermedad. Aunque la formulación de esa oración no sea del todo correcta, ahora veo cómo en mi corazón infantil estaba impresa la imagen del Dios que se ofrece y responde en su carne al grito del hombre.

Cristo, en su carne, ha dado muerte al odio (Versículo fundador de nuestra Comunidad) ¡El mal ha sido vencido y la muerte aniquilada en la carne de Cristo! El Cordero está de pie, como degollado, pero alzando el estandarte de la Victoria definitiva. Y nosotros, ante esta certeza, tan sólo podemos cantar: ¡Aleluya! Cada celebración litúrgica, especialmente la eucaristía, proclama la Resurrección y nos abre las puertas del cielo. En Madrid, de modo particular, celebramos en pleno centro de la ciudad, para que el que quiera y entre pueda recibir este anuncio. Pero hay tantas personas fuera, lejos... El Señor también nos pide que vayamos a su encuentro. Sí, el Padre envía al Hijo, y a su vez, el Hijo llama a sus discípulos; primero a estar con Él, y después a seguir sus pasos, a ir en busca de la oveja más perdida: id sin oro ni plata… comed lo que os pongan.

Cuando con tan solo 14 años hice mi primer retiro en un monasterio de monjas cartujas, vi y entendí lo que significaba para algunos dejarlo todo por Cristo, y escuché de labios de una hermana: A veces, el Señor nos pide dejarlo todo incluso antes de que lo tengamos. Aquellas palabras se grabaron en mí y supe que Cristo me quería a su lado pobre, casta y obediente… ¿Pero dónde? ¿Y cuándo?... Busqué, recé, escribí, y me dejé acompañar… La contemplación, la oración, la liturgia, eso estaba claro, pero ¿Y el envío en misión, la pobreza entre los pobres, el fuego ardiente en el corazón de Jeremías, la vida mendicante de los apóstoles? Así fue que la Providencia, por medio de un sacerdote, me condujo a la pequeña fraternidad de hermanitas en Valencia, y tuve la impresión de que estaba presentándome a mi propia familia. Necesité todavía unos años para crecer y saber cuándo, porque el dónde parecía iluminarse a cada paso. Y después de un año de estudios universitarios, me pidió el Señor la ofrenda del hijo querido, la ofrenda del primogénito Isaac, para prometerme y ofrecerme una descendencia como las estrellas del cielo. Y de momento, empiezo tan solo a gustar las primicias, y no las cambio por nada del mundo.

HERMANITAS DEL CORDERO