Vida Religiosa Apostólica


carles susch

Fueron sus miradas

El recuerdo de la etapa en el colegio es un fósil vital. Si el colegio es el lugar donde se han pasado trece años de vida, el fósil es más hallazgo arqueológico de primera índole. Y como suele ser habitual, solamente a los entusiastas de esa época a la que remiten las ruinas recordadas, que son los que las han vivido, sienten como interesante el descubrimiento. Me arriesgo a no ser sentido. Mi vocación nace entre los pasillos, los alumnos y los profesores de un colegio escolapio. Y nace ahí porque crucé la delicada línea que separa lo académico de lo vital, la escuela del hogar. Mi escuela, sin duda, no fue ya un segundo, sino parte de mi primer hogar: sentirse protegido, querido, animado, impulsado al descubrimiento de la vida, acompañado y, bueno es decirlo, abierto a la trascendencia, que para mí se centraba en una mujer a la que llamaba segunda mamá, la Virgen María, y el santo fundador, san José de Calasanz, idolatrado entonces, ahora amado.

Fue con el tiempo, el proceso en un grupo cristiano, la escucha de la Palabra acompañada de la catequesis y el testimonio de religiosos y laicos, cuando comenzó a tomar relevancia la persona de Jesús de Nazaret. La Virgen María lo señalaba claramente, sentí cómo dejaba su mano para ponerme a seguir al Hijo. El mismo Calasanz y su experiencia también por mí vivida de ver a Dios en los niños, no hizo sino centrarme en Aquel por el que vale la pena dar la vida, porque la recibes. Y sin saber cómo ni cuándo, comencé a vivir a mis hermanos de comunidad como un regalo; un grupo de llamados con la ilusión de reflejar la vida de Jesús con sus apóstoles. Las miradas de aquellos adolescentes y jóvenes que con tanto entusiasmo acompañaba cada semana en el grupo de pastoral, eran interpelaciones del mismo Jesús sediento, cansado, necesitado, desorientado… Y el lugar donde viví y vivo esa presencia cierta de Jesucristo es, sin duda, la mirada de los niños. Dejarme mirar por ellos es dejar que Dios toque mi corazón; es permitir que la Palabra rezada y celebrada cada día en la Eucaristía y en la oración, se haga carne, se haga mirada real, que afecta y conmueve. Nada he encontrado tan dulce, tan delicado, tan amable, tan plenificante, tan motivador, tan… como entrar cada día en un aula de colegio y rodearme de decenas de miradas, que a modo de samaritana sedienta, de Zaqueo falto de autoestima, de ciego clamante desesperado, de paralítico inútil, y de cada uno de los encuentros de Jesús con sus gentes, son para mí llamada cotidiana que en la rutina de unos saberes, unas destrezas incipientes, unos rudimentos pastorales… me permiten anunciar el Evangelio, encarnarlo y posibilitarlo durante un cacho de sus vidas que ponen su tienda entre nosotros.

¿Vale la pena consagrar una vida a ese momento evangélico tan breve y pasajero del encuentro de Jesús con los niños? Sin duda. La vida es la suma de esos instantes efímeros que le dan sentido, energía, alegría y esperanza. Fácil no es, pero lo fácil ya lo hacen muchos. Este sencillo caminito transitado de niños, adolescentes y jóvenes que quieren ver a Dios y escucharle, aunque no sepan dónde ni cómo, es la senda que frecuentamos los escolapios y también yo, intentando abajarnos a dar luz a lo que ya llevan dentro. Por todo lo transmitido, con 18 años (1988) tuve la inconsciente valentía de dejarlo (casi) todo para poder seguir el camino que miles de hermanos en las Escuelas Pías habían seguido antes que yo. Con 19 hice mi primera profesión de votos (del estilo de vida de Jesús) y a los 26 los hice para siempre, recibiendo el regalo del sacerdocio ministerial un año después, 1997, en la celebración de los 450 años del inicio de aquella primera escuela popular cristiana de Europa nacida en el Trastévere romano. Todo, para mayor Gloria de Dios y utilidad del prójimo.

ORDEN DE LOS CLÉRIGOS REGULARES POBRES DE LA MADRE DE DIOS DE LAS ESCUELAS PÍAS (Escolapios)