Vida Religiosa Apostólica


 rosa maria martinez

«Haced esto en conmemoración mía...» Partíos y repartíos... ¡Eucaristía!

Con 19 años sentía con fuerza que, para hacer memoria de Jesús, para acoger su llamada, su voz de Maestro y Amigo, sólo era preciso responder y vivir el presente, para inventar el futuro… Id, haced esto… lo experimentaba como una invitación a hacer vivo su recuerdo, en la reconciliación, la alegría, la ofrenda, la acción de gracias, la comunión… ¡Eucaristía en la vida…! Y comenzó un camino… ¡el camino! Atrás quedaban familia, amigos, posibilidades. Pero otro horizonte de VIDA, más fuerte, más universal, nacido del corazón, me lanzó a otras tierras y a otros mares.

Viví algunos años de formación en Madrid, en el Colegio Mayor Navacerrada, y en el colegio de Entrevías. 1979 fue un año de gracia… ¡grande, inmenso! El 18 de mayo, a las 19,00 h. hice mi profesión perpetua. A toda costa orientaba mi vida, para siempre, hacia la fiesta, el compromiso solidario, la educación evangelizadora… adorando siempre.

Después viví y trabajé, bastantes años, en el Colegio de la calle Martínez Campos y en nuestra Casa de Espiritualidad. Fueron años intensos… trabajando para que todos le conozcan y le amen, como quería Santa Rafaela María Y, en todos estos años experimenté, con agradecimiento, que cada día en el Colegio, al tener delante a niños y adolescentes, podía acercar la memoria y las actitudes de Jesús a muchas personas, podía hacer de la vida ¡Eucaristía!, y la Eucaristía de cada día llevarla a la vida… adorando, escuchando, enseñando, reparando heridas y haciendo crecer la esperanza. Sanando desgastes en la vida de padres y profesores, compartiendo… partiendo… repartiendo… experimentando la ternura y el cariño de Dios que, fiel a su Palabra: Yo estaré con vosotros, todos los días, hasta el final, acompaña nuestro camino y se hace presente a través del anuncio y la solidaridad con todos, porque la eucaristía es compromiso solidario. Haced esto como Yo: partiéndose, repartiéndose.

Y he ido aprendiendo, golpe a golpe y verso a verso, que hacer memoria de Jesús, suprime todas las barreras, salva distancias y trasciende todas las edades. Pues cuando la Eucaristía hace memoria, la muerte y resurrección de Jesús, están con nosotros, el futuro ya está en medio de nosotros y la fiesta de Dios comienza, porque Dios nos invita siempre, a festejar su amor. En ello tenemos empeñada nuestra vida ¡a toda costa! No hay nada más grande que ofrecerse, hacerse pan, partirse y repartirse en toda tarea, en todo lugar y en toda circunstancia que el amor de Dios nos va regalando en el camino de la vida.

En todas las comunidades en las que he vivido, la Eucaristía es el centro de nuestra vida y cada día, en la Adoración, he reconocido, con gozo y agradecimiento, que todo lo recibo de Dios. En la adoración, aprendo a mirar la vida, el trabajo y las personas, a través de los sentimientos de Jesús, que van modelando mi voluntad y conformándola con la suya. La adoración me permite hacer realidad el permaneced en mi amor. Dar gracias por tanto bien recibido. Suplicar a Dios por las necesidades de nuestro mundo roto por la injusticia y la división. En la adoración experimento la misericordia de Dios y su ternura; y en ella, mi corazón se llena de alegría, porque se siente libre y solidario para ser, como Jesús, pan que se entrega y vino que se ofrece.

ESCLAVAS DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS