Vida Religiosa Apostólica


angel alindado hernandez

Dios se fija en lo pequeño

En ocasiones me siento pequeño. Sí, pequeño. Cuando tenía 7 años los Reyes Magos me trajeron un telescopio. Fue el año en que supe que los Reyes estaban más cerca de lo que yo pensaba. Tal vez entonces, desaparecida la inocencia, busqué más allá del suelo que pisaba la ilusión perdida. Y es que desde niño me cautivó el universo, las estrellas, mirar al cielo... y así sigo hoy, mirando al cielo cuando puedo para sentirme pequeño.

El espectáculo de una noche de verano no tiene precio, y pensar que todo lo hizo para nosotros me sigue encogiendo y maravillando. Tal vez por eso hoy sigo mirando al cielo, arriba, buscando. Es entonces cuando empiezo a encogerme, con la mirada del niño que todavía vive en mí y que pasaba sus noches en el balcón de casa mirando por el telescopio... sintiéndose un punto. Nada más. Nada menos. Ahí, en ese mirar hacia arriba, en tratar de encontrar respuesta a muchas preguntas, creo que nació el deseo de seguir buscando y buscándole: porque el hormigueo siempre estuvo ahí. No sabía muy bien cómo enfocarlo ni qué valor darle. Pero siempre estuvo ahí, constante, unas veces como rumor, otras como estruendo. Pero siempre ahí: cuando acompañaba a mi madre a la eucaristía del domingo (y esa hora con ella delante del Monumento el Viernes Santo por la mañana en la que aprendí, aunque me costó, lo que era el silencio), cuando iba a catequesis, cuando hablaba con Don Florentino, el párroco de Alba de Tormes (Salamanca), mi pueblo, incluso cuando decidí, para sorpresa de mis padres que siempre me habían escuchado lo contrario, que quería ir al seminario San Jerónimo, a los Reparadores (el nombre de dehonianos vino más tarde), a estudiar y a vivir. Y allí, el hormigueo, se empezó a hacer más fuerte.

Vivir de cerca su modo de vida dentro de la Iglesia, la alegría y sencillez con la que lo hacían, la entrega, la dedicación a tiempo completo a nosotros, que dábamos más de un quebradero de cabeza, me hizo plantearme la pregunta que, seguramente, es la que provocaba el hormigueo: ¿Y por qué no?. Y con ella, inicié el noviciado en Salamanca. Con ellos aprendí y sigo aprendiendo que lo que yo veía como entrega trata de ser reflejo de la entrega de María (Ecce Ancilla) y de Jesús (Ecce Venio). Que el trabajo constante y el empeño por reparar el mundo y sus mil historias es un modo de hacer presente su Reino (Adveniat Regnum Tuum). Y todo: profecía del Amor, servicio de reconciliación, confianza en Él. Desde la primera Profesión Religiosa han pasado por mi vida muchas personas, muchos lugares y acontecimientos: Salamanca, Puente la Reina (Navarra), Roma, Madrid, los estudios, la ordenación sacerdotal, el trabajo y apostolado en el Colegio, la Pastoral Juvenil y Vocacional… y en todo lugar y en todo lo que hago me sigo sintiendo pequeño e incapaz. Este verano estuve buscando de nuevo el telescopio. Al final no lo encontré: el trastero, el cambio de piso de mis padres de hace unos años... Tenía ganas de volver a ver ese tubo rojo, las lentes… y recordé el trabajo que me costaba llegar a poner, justo en el centro, la Luna, o Marte, o cualquier estrella que se posara en el objetivo. Y cómo, cuando lo lograba, trataba de ver más allá. Hoy no tengo telescopio. Al menos aquí en Madrid. Ni hace falta. Para ver a lo lejos, y eso lo he comprendido con el tiempo, sólo es necesario ser de los que se asombran y sueñan, de los que buscan, de los que rebuscan, y de los que se sienten, sobre todo, por Él encontrados. Y ese rasgo, el del Dios que se fija en lo pequeño, que se encoge, como yo, para encontrarme, es lo que me sigue seduciendo.

SACERDOTES DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS. (Reparadores  Dehonianos)