Vida Religiosa Apostólica


maria teresa gomez

«Acompañado por los Doce y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades… y otras muchas que les servían con sus bienes»

Mi nombre es Mª Teresa. Nací en Madrid el 10 de julio de 1962 en el seno de una familia cristiana. Mis padres, Leonor, natural de Las Palmas, Gran Canaria, y Manuel, natural de Utrera, Sevilla, tuvieron seis hijos, siendo yo la cuarta. Vivimos cinco: cuatro hermanas y un hermano, pues el último que iba a ser un niño, de nombre Eduardo, nació muerto.

Mis padres estuvieron el primer año de casados residiendo en Sevilla, donde nació mi hermana mayor, y después se fueron a Madrid, donde nacimos todos los demás. Primero vivimos en la calle López de Hoyos, razón por la que fui bautizada en la Parroquia de la Asunción de Nuestra Señora, el 14 de julio de 1962, con sólo cuatro días. Fuimos educados en colegios religiosos y practicábamos una fe sencilla: asistíamos a la misa dominical, de vez en cuando rezábamos el Rosario a los pies de la cama de mis padres; participábamos en la Misa de gallo; íbamos a los oficios de Semana Santa. Nunca podía faltar la visita de los Monumentos, la mañana del Viernes Santo, lo que siempre he recordado con cariño. En el tiempo de mi niñez, los Sacramentos se recibían siendo más pequeños que actualmente. El 31 de mayo de 1970 hice mi Primera Comunión en el Colegio de los Sagrados Corazones, con el hábito de monjita y después confirmada por Monseñor Suquía, en Santiago de Compostela, ya que mi padre fue destinado allí por motivos de trabajo, lo que nos llevó a residir dos años en tan bella e histórica ciudad gallega. Regresamos a Madrid; mientras tanto seguía estudiando en el colegio y, posteriormente, en la Universidad. Comencé a ir a Misa diariamente por indicación del párroco; de nuevo, no puedo dejar de comentar que he podido ver el testimonio de un sacerdote ejemplar: su entrega a los vecinos, su alegría, su estar ahí siempre que necesitabas una ayuda, su austeridad, etc.

Todo ello me hizo plantearme el sentido de mi vida. Pero terminados los estudios, seguía trabajando, estudiando... Y llegó un momento en que me di cuenta que tenía que tomar una decisión, pues la vida se me iba pasando. Quería seguir a Jesús: Estuve enfermo y me visitásteis, pero me costaba dar el paso a la vida religiosa. Muchas veces lo intenté pero no tuve la suficiente fortaleza. Por fin, ya a los treinta y tres años, el 6 de octubre de 1995 entré como Postulante en la Congregación de las Siervas de María. Si me preguntan el porqué de este Instituto, no hay una motivación muy clara: sí, me atraía visitar y servir a los enfermos, las Hermanas tenían el Convento en la Plaza de Chamberí, muy cerca de casa. Y pregunté a D. Antonio y él me las indicó.

He tenido crisis, que creo que me han ayudado a crecer. He percibido la mano del Señor, en tantas personas que Él ha puesto en mi camino para seguirle y no cansarme; y cómo no, he de agradecerle de corazón su misericordia infinita para conmigo. Por ello, puedo decir lo que puse en el recordatorio de mi Profesión Perpetua, el 10 de septiembre del año 2005: Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador. El pasaje evangélico de Lc. 8,1-3, es muy significativo para mí. Yo soy una de aquellas mujeres. A pesar de mi fragilidad, me identifico con ellas: acompañado por los Doce y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades… y otras muchas que les servían con sus bienes. Esto quiero que sea mi vida, pues a pesar de mis torpezas y limitaciones, el Señor hace fuerte mi debilidad. Gracias por todo Señor.

SIERVAS DE MARÍA