Vida Religiosa Apostólica


monica yuan cordiviola

Una presencia que embelesa

La juventud es, posiblemente, el tiempo más propicio para las grandes aventuras, para las búsquedas infinitas, para la consecución de las utopías. Es en la juventud cuando las decisiones adquieren especial importancia y altitud. Es en el tiempo del amor y cuando el enamoramiento empieza a aparecer en la existencia, cuando también Dios puede adquirir una relevancia inusitada y su presencia puede resultar irresistible. Obviamente, estas reflexiones no se realizan en el mismo momento, sino tras muchos años, cuando se mira hacia atrás con serenidad y alegría, como contemplando, serena y gozosamente, un antiguo álbum de fotos de la propia existencia.

En mi vida, Dios se fue presentando de puntillas, en lo cotidiano. No he tenido revelaciones ni visiones. La luz divina en la cotidianeidad ha ido marcando cada uno de los pasos de mi relación con el Padre Misericordioso. Mi familia no era de una religiosidad desbordante. La sociedad argentina donde vivía en los 70 y 80, sin embargo, sí tenía un trasfondo religioso. Recibí los sacramentos de iniciación y participaba dominicalmente en la misa. Todos creíamos en Dios, ¡por supuesto!, pero nuestra relación con Él generalmente era más cerebral que afectiva. En esta tierra sin sembrar, pero fértil, Dios encontraba un hueco para llevar a cabo su obra. Una rendija se abrió muy al inicio de mi adolescencia, durante un campamento scout. En una escapada descubrimos una capillita escondida entre los árboles. Una capilla en la que la presencia eucarística nos atrajo poderosamente. ¿Dios en el medio del bosque? Sí. Dios esperándonos para darnos un primer abrazo, como diciendo: siempre estoy a vuestro lado. Este primer encuentro fue el detonador que me llevó a querer conocer más profundamente a este Dios que se hacía presente en cada momento, que estaba allí, a mi lado, sonriendo entusiasmado. ¡Cuán ciertas eran las palabras de san Juan «el Verbo se hizo hombre y acampó entre nosotros» !No era necesario regresar a aquella escondida capilla para encontrarse con Él. ¡Estaba en la parroquia de mi barrio! ¡Estaba en la Iglesia contigua a mi trabajo! ¡En cada celebración eucarística se hacía presente y venía a mí y a todos los que se acercaban a su mesa!

Desde aquel primer encuentro, su presencia me embelesó y cada reencuentro no hacía sino hacer crecer mi sorpresa: ¡Dios estaba a nuestro lado! ¡Caminaba junto a nosotros! La emoción de descubrimiento sembró en mi corazón la pregunta sobre mi vocación. Quizá Dios quería un camino especial para mí. Pero la confirmación de esta llamada no llegó hasta que no caí en la cuenta que esta Presencia que embelesa era desconocida para muchas personas. Dios es el médico ¡y caminamos enfermos y tristes! Dios es alimento ¡y tantos sufren de inanición espiritual! Dios es presencia cercana ¡y tantos viven abrumados por una soledad que los aplasta y entristece! Dios es Padre ¡y tantos se sienten huérfanos! Dios vive a nuestro lado y no lo sabemos… Una tarde en que yo rezaba ante el Sagrario, una mujer pasó ante todas las imágenes de la iglesia cercana a mi trabajo. Se santiguaba y hacía una breve oración. Al llegar junto a mí, me hizo una pregunta que hizo decantar mi vida por la consagración religiosa. Sólo me dijo Disculpe, ¿qué se venera allí delante?. Dios estaba vivo, a su lado, y ella suplicaba ante imágenes de yeso y madera. No sé si mi respuesta cambió su vida. Sólo sé que su pregunta sí cambió la mía. ¡El mundo necesita descubrir que Dios lo ama y está a su lado! Mi a Dios, era la única respuesta posible en mi vida. Ser Misionera Eucarística de Nazaret la mejor forma de anunciar a este mundo que Dios está a su lado con amor infinito de Padre.

MISIONERAS EUCARÍSTICAS DE NAZARET