¿Por qué soy sacerdote? LLamados, entregados, felices


alvaro maldonado gonzalez

Porque Dios lo ha querido

Ante la pregunta de por qué soy sacerdote surge de manera inmediata y clara, la respuesta siguiente: Porque Dios lo ha querido.

Reconozco que esto, así dicho, puede parecer tan obvio que no aclare mucho y necesite una explicación. Desde pequeño, si algo he tenido claro en mi vida ha sido la intuición de que quería una vida sin sufrimiento y feliz. Creo que en eso coincido con la experiencia de todas las personas.

Según iba creciendo y mi vida se iba realizando de manera satisfactoria, iba descubriendo que uno no podía conseguirlo plenamente si veía sufrir a la gente y a los seres queridos. Todo ello me llevaba a luchar y a trabajar por ello, pero en el esfuerzo y deseo de vivir buscando la justicia notaba que poco a poco me iba cansando y perdiendo la esperanza.

Iba surgiendo la certeza íntima de que la fuerza que hace que la vida sea diferente y alegre es amor. A partir de ahí, la búsqueda del amor definitivo hizo posible mi encuentro con Cristo, con su Corazón, la fuente de donde brota la vida, la salvación concreta y personal de cada uno de nosotros y de los hombres.

Descubrí que Dios quería que participase plenamente de esa intimidad con Él y a partir de ahí que fuese instrumento de su Amor para todos los hombres. ¿Cómo? Llevándoles su consuelo, su misericordia y su ternura a través del ministerio sacerdotal.

Durante estos seis años de ministerio dicha certeza se ha ido haciendo experiencia real de manera que hacer presente a Dios entre los hombres a través de los sacramentos, en la Iglesia, en la caridad, es decir en la labor cotidiana del sacerdote es el camino que me da la alegría al permitirme crecer cada día más en el Amor. Aunque a veces me toca vivir situaciones difíciles, dudas y soledad, tengo claro que es en Cristo donde descansa mi alma, donde recupero las fuerzas, donde encuentro el motivo para vivir. Todo ello me permite experimentar, incluso dentro del dolor que esas situaciones provocan, una profunda gratitud, paz y alegría íntima.

Igual ocurre cuando voy viendo la actuación de Dios en las personas. Ser testigo de ello te coloca en una posición privilegiada. Te introduce en la fuente misma. En el Amor de Dios y el cuidado que tiene para cada uno de nosotros.

Estar en ese centro transforma mi vida. Cuando uno es consciente cada día del regalo que ha recibido, sin mérito alguno por mi parte, solamente porque Dios lo ha querido así, la gratitud se desborda y te hace vivir entregando su vida por completo. A su vez, esa entrega diaria te hace vivir cada día más unido a Él y por tanto más pleno. En definitiva más feliz.