¿Por qué soy sacerdote? LLamados, entregados, felices


fernando murga gomez

Por Amor

Es lo primero que me vino a la mente en cuanto me hicieron la pregunta. Es el Amor lo que he buscado durante toda mi vida, aunque buena parte de ella en lugares equivocados. Soy sacerdote por pura elección de Dios; porque Aquel que vino a sanar a los enfermos, a rescatar a los pecadores, se acercó a mí y quiso contar conmigo en la preciosa tarea de hacerle presente entre los hombres.

Soy Fernando, tengo 46 años y llevo poco más de ocho meses ordenado. Durante este tiempo y durante los siete años anteriores de preparación para el ministerio, le he preguntado en multitud de ocasiones al Señor ¿por qué yo? ¿Por qué a mí? La respuesta me la va revelando día a día haciéndome ver que pensó en mí desde siempre para esto, para Él. Es mi vocación y ya no me imagino dedicando mi vida a otra cosa, sólo así se llena de sentido. Esta mañana me he emocionado confesando a Mariano y a Carmen, un matrimonio octogenario que después de cincuenta y cuatro años juntos quieren vivir el tiempo que aún les queda siendo testimonio de fidelidad para sus hijos a pesar de la debilidad, la enfermedad y los caracteres que se van agriando con los años. Aunque todavía les cuesta siguen acudiendo a recibir la misericordia del Señor para dejar que el perdón siga ayudándoles a perseverar en el consentimiento que se otorgaron hace ya demasiados años. Tiemblo con la presencia de María Antonia que me pide que resuelva la maldad que rodea su vida y que tiene poseída a su hija, a sus padres… y que es incapaz de ver la realidad tal cual es, sufriendo terriblemente a pesar de que a su alrededor no dejan de aparecer personas con tan gran corazón como el de Marta, que la acompaña en su desesperanza con inagotables momentos de cercanía y consuelo.

A lo largo de pequeñas pero muy sustanciosas conversaciones se le va apagando la amargura a Resurrección, que no entiende aún por qué murió su marido ni por qué va perdiendo la vista en el único ojo que le queda. Su sonrisa contrasta con el gesto agrio de cuando la conocí, e ilumina la capilla haciendo honor a su nombre. Mañana cumple veinticuatro años Andrés. Ese enorme hispano de corazón aún mayor que acudió a la parroquia este verano buscando no sabía muy bien qué, pero que necesitaba para introducir en su vida algo de paz. Encuentro tras encuentro va descubriendo que la vida es mucho más bella de lo que creía, y que el amor verdadero es posible. Se muere por volver a su país de origen con su madre y su hermana para rehacer su vida y escapar así de los “amigos” que amenazan a su familia por un error cometido al elegir mal su camino. Mercedes, Antonio, Lucía y algunos jóvenes más van haciéndome partícipes de sus vidas confiando en que lo que les aconsejo, intento hacerles de espejo donde reconocer cuánto les ama el Señor y lo valiosos que son. Cientos de personas que llenan un día cualquiera de la Parroquia y a las que el Señor quiere acercarse a través de mí. Poco a poco me va ayudando a aprenderme sus nombres, sus historias y a saber acercarme a ese terreno sagrado que son sus almas. No dejo de sobrecogerme cada día celebrando la Eucaristía viendo cómo el Señor se hace presente entre mis manos para ofrecerse al Padre por cada uno de ellos. Al elevar su Cuerpo y su Sangre dándome cuenta de que Él me ha elegido para que entregue también mi vida por amor a todas esas personas que va poniendo en mi camino.

Me siento inmensamente bendecido por poder ser cauce de consuelo, de esperanza, de paz interior, de luz en tantas vidas que sólo ven oscuridad a su alrededor, de alegría profunda y serena. Gozo al ser dispensador de tanta Gracia como Dios derrama tan generosamente y al ser testigo de tantos milagros a mi alrededor como los que veo. Son multitud las experiencias que me hacen sentir muy pequeño y muy necesario al mismo tiempo. Jesucristo ha cambiado mi vida de tal manera que todavía no comprendo cómo podía vivir antes tan separado de Él. Recuerdo cuando hace ya ocho años me pidió que lo dejara todo para seguirle. En aquel momento todo lo que había conquistado con tanto esfuerzo: éxito profesional, buen nivel de vida, comodidades, autonomía, seguridades no pesaba lo suficiente como para elegirlo en su lugar. Todo había sido posible porque Él vino a rescatarme del abismo en el que había caído años atrás dejándome atrapar por lo que el mundo ofrece con tanto descaro. Me ayudó a ser consciente de mi dignidad de hijo de Dios y puso frente a mí los medios para reconstruir una vida que se encontraba sumida en el fracaso y en la desesperanza. Sólo tuve que fiarme e ir dejándole hacer.