¿Por qué soy sacerdote? LLamados, entregados, felices


arturo portabales

La elegancia de Dios

Para mí solo hay una respuesta válida a esa pregunta: soy sacerdote porque un día Dios me llamó a serlo. Un día me encontré con esta llamada y al día siguiente no se había marchado de mi corazón.

Aquello sucedió en el verano de 1996, en los Alpes franceses, donde pasaba las vacaciones con un grupo de amigos. Al recordarlo hoy, vuelvo a maravillarme de la elegancia de Dios para elegir su momento. Porque nosotros no habíamos previsto que aquel verano iba a llover tanto, ni que íbamos a pasar tanto tiempo metidos en la tienda de campaña. Parece que aquellas largas tardes de inactividad, al arrullo apaciguador de la lluvia repicando sobre la lona, con tantas horas por delante para aburrirme y pensar, fueron la condición necesaria para que yo pudiera advertir la llamada divina.

A veces me pregunto si ésta no se habría dado ya antes, pero no dudo que desde entonces no ha dejado de renovarse, día tras día, antes y después de la ordenación, de una forma o de otra. Y me ha ido transformando, ha echado raíces en mi persona hasta el punto de que ya no me comprendo a mí mismo sino como sacerdote. El ocho de mayo de 2004, con gran alegría, recibí la gracia de la ordenación.

Soy sacerdote pues por razones históricas, porque las cosas han sucedido así, felizmente, sin que yo me empeñara en que sucedieran y sin que nadie tampoco haya tratado de forzarlas. No creo que tenga una aptitud especial para ser sacerdote –entiéndase, capacidad de comunicación o de liderazgo-, ni creo haber hecho nada especial para merecerlo. Mi contribución a la causa, como mucho, se ha reducido a dejar que la llamada de Dios siguiera su curso, a veces, es verdad, entre el temor y la incertidumbre.

En mi caso, lo que temía era equivocarme de camino; o quizá lo contrario, temía acertar con el auténtico, sin poder apartar la sospecha de que eso pudiera hacerme feliz. Pero yo no hubiera podido, siquiera, plantearme estas dudas si previamente no me hubiera ocurrido algo verdaderamente extraordinario. Me refiero a mi conversión, sucedida algunos años antes. Mi conversión a Jesucristo, a la Iglesia y al amor de Dios.

No sé qué día empecé a convertirme, pero sí recuerdo uno en el que tuve una clara conciencia de estar como «al otro lado», más allá de una frontera misteriosa que yo no sospechaba que existiera. Sucedió que, ordenando una vez mis papeles, vino a mis manos un folleto con la convocatoria de la segunda Jornada Mundial de la Juventud, encabezado por el lema de aquella ocasión: Hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él (1Jn 4, 16). Yo venía de participar en aquel evento, por una carambola, pero hasta entonces no había reparado en aquella frase. Al leerla aquella vez sentí como si estuviera ante un espejo.

No dejo de subrayarla porque el amor de Dios es el que lo explica todo. Es el marco donde las «cosas» suceden. Donde las cosas teóricamente importantes ceden el paso a otras no contempladas hasta entonces. Donde todo se desbarata para reorganizarse de nuevo, cargado de fuerza y atractivo. Es también la fuente de la autoestima y del amor al prójimo. Soy sacerdote porque no he dejado de sentirme bajo la mirada de Dios, y porque esa mirada ha alumbrado este camino concreto para mí. Al recorrerlo descubro muchas cosas interesantes sobre mí mismo y los demás. Descubro el misterio esponsal que nos une, y cómo en él aflora lo mejor de mí mismo. Descubro cuál es mi modo de amar y ser amado. Voy descubriendo también cuál es la cruz que me está reservada, no más pesada que la de cualquier otro, aunque, eso sí, con sus matices sacerdotales. A veces, hasta soy capaz de amarla.

Por eso, no pretendo arreglar el mundo por mi cuenta, sino que el amor que yo he conocido alcance a otros muchos. Soy sacerdote como consecuencia del amor de Dios, y para que Dios siga amando a su pueblo del modo que Él ha elegido, por Jesucristo. Yo soy sacerdote de Jesucristo, hago presente para mi generación su obra sacerdotal. Y Jesucristo –si se me permite el inciso teológico- no sólo se inmola como Cordero, sino también como Pastor; no sólo se ofrece como Banquete, sino también convocando y presidiendo la mesa. Él ha querido sentarme en su sede, a pesar de todo, y yo sería muy desagradecido, o muy desmemoriado, si dijera que me considero estafado.