¿Por qué soy sacerdote? LLamados, entregados, felices


 

fernando velasco arribasSólo el humilde puede ser dichoso

Pues porque Dios, que me quiere mucho, así lo ha dispuesto. Y yo, que le quiero, acepto su plan y lo quiero para mí.

El Señor Jesús me salió al encuentro cuando yo llevaba ya cuatro años en la Universidad. Siempre ha estado haciéndose el encontradizo conmigo, pero esa vez le reconocí. Fue en unos Ejercicios Espirituales (los primeros que hice) donde, al ritmo de las contemplaciones que propone san Ignacio de Loyola, mi coloquio con Cristo era ardiente y muy sincero, hasta el punto de ofrecerme a entregarle mi vida. “¿Qué he hecho por Cristo?, ¿qué hago por Cristo?, ¿qué voy a hacer por Cristo?”, son preguntas que resonaban en mi interior con fuerza, y a las que deseaba responder con urgencia, y desde una cierta conciencia de tipo: “llegados a este punto, sólo se puede dar el todo, el DO de pecho”. Me acuerdo muy bien de la casa, del lugar concreto y el momento…

Di un paso con audacia, intrépidamente. Consulté al sacerdote y al seminarista que nos acompañaban y, aunque aconsejaban prudencia, me lancé al curso de discernimiento en unos pocos meses (Introductorio). Me mantuve en mi propósito apenas dos o tres semanas. Todo me daba miedo: ¿de qué viviré, a dónde iré, qué dirán mis padres y amigos (a los que no lo había contado aún), persistiré…? ¿Y la carrera, el futuro profesional,…? Me desinflé muy rápido…

Pero ese primer encuentro había calado. Tenía vida de oración, de sacramentos, estaba ya insertado en la vida de la Iglesia, en una parroquia. Perseveré en la comunidad, en los ejercicios espirituales, en la dirección espiritual. Con el tiempo iba cayendo en la cuenta de que, aunque parecía por mi parte que el tema vocacional quedaba zanjado (yo pensaba: “lo mío será la familia”), la cosa no era así. El Señor insistía. Tendría que redescubrir la llamada de Dios de manera nueva, es decir, renunciando a poner el apoyo en mis fuerzas. Uff…! Tarea para toda la vida…

A los dos años de esa primera experiencia, me dirigí al Seminario a hacer el curso de introducción con la decisión de completarlo entero y dejarme llevar y aconsejar por las personas que el obispo designa para esa labor. Fue definitiva. Ya fue todo del tirón hasta la ordenación sacerdotal.

Pero voy aprendiendo, tanto en el Seminario como de cura, dos cosas muy básicas: que la clave de mi felicidad y de mi plenitud está en la relación de corazón a corazón con Cristo, que el Espíritu Santo aviva cada día en mí. Ahí descubro constantemente el inmenso amor que me tiene, y que es verdad que no se detiene en mis debilidades, sino que me ama porque Él es bueno. No dejará de amarme. El Padre misericordioso asegura, garantiza, el buen término de mi ministerio.

Y la segunda cosa: que la plenitud de cualquier vocación, no sólo la mía, se juega en las cosas pequeñas, en el día a día, en lo humilde, en lo sencillo. Sólo el humilde, me atrevería a decir, puede ser dichoso.